Sé que divago con frecuencia abriendo la puerta a la tempestad en la brevedad del silencio paulatinamente opacado por la furia del viento en lo alto de la ventana, <me constan también vuestras acusaciones> reconozco que en mi pequeño espacio aprovechando la apertura de la vieja puerta unos desgraciados han entrado, no niego tus acusaciones, lo sé, soy insensato, incoherente muchas veces, pues como dices <aquella vieja puerta hace mucho tiene dañado el cerrojo>, no es segura lo admito ¿pero que he de perder si tu misma ya te has ido? Es difícil entender el lugar de la torpeza del otro, cuando no sentimos y comprendemos el presente desde su óptica, en todo caso, la puerta seguirá con el cerrojo dañado a la espera de tu agrio aroma atravesando nuevamente la casa.
Mi casa, esa descolorida pared escuálida como el árbol del miedo sembrado por ti al lado derecho de la maceta de oro, si, mi casa, vuestro anterior abrigo, ella se ha convertido como señalas, en el asidero de tumulto de penas y vagas sonrisas, por ello, me declaro culpable de ser testigo de la miseria y pido la máxima pena por acostumbrarme a aquellos llantos y permitir en mi único instante posible de ser vivido <que se esfume la locura>.
Mi casa, aquel ostentoso refugio de diez pensamientos y un mil de banalidades, ha sido desde hace mucho el escondedero de mi temerosa mirada en el diván de la clara noche que enreda mis calculados pasos. Sus pálidas paredes me precipitan a diario a la boca del remolino en cuya tierna indefensión soy lanzado cada mañana en el agitado despertar con gran insistencia. Espero recuerdes aquel laberinto fantasmal que señala el camino hacia mi vieja casa, la misma descolorida casa al lado del árbol del miedo donde el viento roza en cada pomposo momento la desde entonces cortina de la ventana.
El hecho, es que el laberinto azul tornasol posee un tímido olor a franela destilado, el cual se nutre del recóndito recuerdo donde me hallaba embriagado en el compacto sabor a ti, rememorando aquel lugar al pie de la silla corrediza que da con el pasaje secreto donde está oculto el elixir de la esperada calma.
Con tu partida, solo sé que en mi laberinto sigo siendo yo en medio de mis crudas excitaciones, en cuyas puertas en el equivoco del sueño, siempre, aunque nunca he entendido la razón, te encuentras señalando fríamente que no hay salida. Laberinto aquel, donde es vaga la enseñanza pues no ha de haber maestro que enseñe los oficios del propio silencio en el menester inalcanzable de la vida que nos lleve a conquistar el día soñado.
Como las letras a las canciones son las partes a mi casa, puertas sólo tres, ventanas cinco, sillas dos, tasas una, colores, olores, ruidos y como olvidar una fogata en donde vagos pensadores entorno a un tinto, cosechado en la huerta del llamado portal interior del encuentro, en un lugar no identificado del laberinto, devela el lenguaje en el que tu y yo, ingrata y siempre ajena amiga, atrapados, seguimos existiendo.

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